El geocaching nos ha regalado momentos únicos: aventuras, descubrimientos, tesoros ocultos... y también situaciones tan absurdas que podrían estar sacadas de una comedia. Hoy os traigo una historia real, 100% verídica (lo juro por mi avatar de vaca), que demuestra que este hobby no solo pone a prueba tu orientación, sino también tu capacidad para salir airoso de situaciones ridículas.
Un caché, un árbol y una decisión de vida o muerte (social)
Todo empezó una mañana cualquiera. Mientras mi familia dormía plácidamente en vacaciones, yo, Newalgarrobo, miembro orgulloso de Geotrovallès, decidí que era el momento perfecto para cazar un par de cachés antes del desayuno. Todo iba bien hasta que llegué al segundo objetivo del día, un caché que requería trepar a un árbol.
Miro la rama más baja: unos dos metros de altura, pero parece resistente. "Esto está chupado", pienso con optimismo. Asciendo con la agilidad de un mono (bueno, quizás de un mono que ha comido demasiado). Registro el caché, firmo el logbook... y en ese momento, el destino decide que la misión no sería tan sencilla.
A lo lejos, veo a una abuela paseando a su perro. Y no cualquier perro, no. Uno de esos pequeños que ladran como si fueran los guardianes del inframundo y muerden tobillos con la furia de un cocodrilo.


El dilema: saltar o morir de vergüenza
Pienso rápido: "Si me quedo aquí en la rama, la abuela me verá y tendré que explicarle por qué demonios un adulto de 94 kilos está encaramado a un árbol a las 7 de la mañana". No parece una conversación fácil.
Por otro lado, si salto, haré un aterrizaje forzoso digno de un dibujo animado. La abuela verá un tipo caer del cielo y la reacción puede ser impredecible.
Decido que la mejor estrategia es el factor sorpresa. Tomo aire y... PUM, salto al suelo con toda mi dignidad en juego.
El perro se paraliza. Sus ojos se abren como platos, su hocico tiembla. Estoy seguro de que en su diminuto cerebro acaba de ver a un dios descender del cielo. En una fracción de segundo, decide que lo mejor es hacer como si nada hubiera pasado. Sigue caminando con un aire de "yo no he visto nada, aquí no ha pasado nada, no me mires, humano caído del cielo".
Pero la abuela... la abuela reacciona de otra manera. Me mira con una expresión indescriptible, levanta la vista al cielo, me vuelve a mirar y, con un gesto de desesperación, grita:
¡EXTRATERRESTREEEEES!
Y sigue su camino, sin más preguntas, sin más comentarios. Pero no sin antes hacer la señal de la cruz tres veces, mirar al cielo y apretar el paso como si acabara de presenciar el Apocalipsis. Yo me quedo petrificado, entre la risa y la incredulidad, mientras veo cómo el perro la sigue sin rechistar, probablemente temiendo que si se queda un segundo más acabará abducido conmigo en mi nave nodriza.
La guinda del pastel
Horas después, cuando voy a comer con mi familia a un restaurante, entro al baño y veo una placa que parece puesta allí solo para recordarme lo vivido esa mañana. Decía algo así como: "El destino está escrito, pero a veces te sorprende con un giro inesperado". No pude evitar soltar una carcajada y pensar: "Definitivamente, hoy ha sido un día inolvidable".

Moral de la historia: Si ves a un geocacher subido a un árbol, no llames a la NASA. Probablemente solo esté buscando un caché.
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